MI HISTORIA CON DIOS
Desde
muy joven, muchas personas hablaban de Dios. Escuchaba historias sobre su amor,
su poder y cómo transformaba vidas, pero en mi caso, no tenía una conexión real
con Él. Creía en su existencia, pero no lo sentía cercano. Para mí, Dios era
alguien distante, presente en las oraciones y en las iglesias, pero no
necesariamente en mi día a día.
Muchas veces me
preguntaba si realmente se manifestaba en la vida de las personas como decían.
Veía a algunos con una fe inquebrantable y me preguntaba si yo algún día
llegaría a experimentar algo así. No es que no quisiera creer, simplemente no
había tenido un encuentro que me hiciera sentir su presencia de una manera
personal.
El momento que
cambió todo fue el día en que me bauticé en el río de Bonda. No fue solo un
acto religioso o una tradición; fue un encuentro real con Dios. Cuando me
sumergí en esas aguas, sentí una paz indescriptible, como si algo dentro de mí
se renovara. Al salir del agua, supe que no estaba solo y que, a partir de ese
momento, mi vida no sería la misma.
Desde ese día, mi
confianza en Dios comenzó a crecer. No significa que todo se volvió perfecto o
que nunca tuve problemas, pero empecé a notar algo: cada vez que enfrentaba una
situación difícil, sentía que había una mano invisible protegiéndome.
He pasado por
momentos en los que fácilmente podría haber perdido la vida: accidentes,
situaciones de peligro, momentos en los que, humanamente, no tenía control.
Pero, de una forma que solo puedo atribuir a Dios, siempre salí ileso. No era
suerte, no era coincidencia. Era Él, cuidándome.
Recuerdo un par de
ocasiones en las que pensé “Esto pudo haber terminado muy mal”, y sin embargo,
aquí estoy, de pie, contando mi historia. No hay otra explicación más que la
gracia y la protección de Dios.
Con el tiempo, fui
entendiendo que Dios no es solo alguien a quien recurrimos cuando tenemos
problemas. Es un Padre, un amigo, alguien que camina a nuestro lado todos los
días. A veces, su voz no se escucha de forma audible, pero está en los pequeños
detalles: en la paz que sentimos cuando oramos, en las personas que pone en
nuestro camino, en las veces que nos libra de peligros sin que siquiera nos
demos cuenta.
No voy a decir que
siempre ha sido fácil. Como todos, he tenido dudas, momentos de debilidad y
días en los que me he preguntado si realmente estoy en el camino correcto. Pero
cada vez que miro atrás y veo todo lo que Dios ha hecho por mí, no tengo
ninguna duda: Él es real, y su amor y protección han estado conmigo desde el
día en que decidí seguirlo.
Hoy sigo caminando
con Dios. No soy perfecto, cometo errores, pero sé que Él me sostiene. Cada día
aprendo más de Él, de su fidelidad y de su amor incondicional. Y aunque no sé
qué me espera en el futuro, tengo la certeza de que, pase lo que pase, nunca
estaré solo. Dios es mi refugio, mi guía y mi fortaleza.

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